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Es difícil encontrar un etiquetamiento tan burdo, tonto e inútil como el que surgió por cuenta del plebiscito de 2016, en donde se impusieron las categorías de amigos de la paz y de la guerra. Aún estamos viviendo los efectos de tan nefasta división y lo cierto es que se perdió la oportunidad de construir de manera mayoritaria un consenso que nos permitiera a todos sentirnos cómodos con las dosis de justicia, verdad y reparación que todo proceso de paz implica.

A pesar de lo anterior, parece que no aprendemos. Y por eso seguimos dando debates olvidándonos de los argumentos y etiquetando simplemente a quienes no se suman a nuestras posiciones con adjetivos descalificadores. Así, nada es debatible ni perfectible, sino que las personas son simplemente buenas o malas, conservacionistas o depredadores ambientales, y últimamente decentes o amigos y cómplices de la corrupción. Así, por ejemplo, ha sucedido con la consulta de mañana, en donde el desespero de algunos los ha llevado a maltratar a todos los que con razón han manifestado reparos a las precarias preguntas que estarán en el tarjetón.

Se ha vuelto tan antipática la política que esta semana, por ejemplo, vimos la forma en que destacados pensadores y políticos de izquierda, los mismos que critican día de por medio los paupérrimos incrementos salariales de final de año y la regresividad de los impuestos indirectos, se oponían, haciendo malabares, a las propuestas de incrementar el salario mínimo y devolver el IVA a los más pobres. Estamos, no cabe duda, confundiendo el bien de Colombia con las victorias políticas y sacrificamos lo primero por lo segundo en automático y sin remordimiento alguno. El objetivo es propinarle una derrota al oponente de la que ojalá no pueda levantarse. ¿Y el bien de Colombia? Bueno, ya habrá tiempo para ocuparse de ese asunto…

Declaro que no ha sido fácil para mí, pero, pensando en todo esto que aquí me atrevo a confesar, he decidido votar afirmativamente algunas de las preguntas de la consulta de mañana. Y he decidido hacerlo a pesar de que no milito en el Partido Verde ni comparto la ideología de quienes promueven la consulta. No soy ingenuo para desconocer que su éxito político es mi derrota electoral en 2019. Sin embargo, votaré varias de estas preguntas, no porque crea que resolverán todos los problemas, ni porque asuma que con ellas la cosa va a cambiar en serio. Las votaré porque en la batalla contra la corrupción, tal cual como sucede con aquella que busca acabar con la pobreza, no debe haber bandos sino esfuerzos comunes para mejorar como nación. La victoria en cualquiera de estos temas es de todos, no sólo de quienes los promueven. Ayudaré, pues, con mi voto mañana a que las preguntas 2, 3, 4, 5 y 6 logren el umbral. No apelaré a sentimientos mezquinos para quedarme en casa. Votaré porque prefiero hacer algo, aunque imperfecto. Porque votar esto, que no es mucho, es mejor que nada.

La verdadera reforma anticorrupción es sin duda una reforma a la justicia. Y la mejor medida contra la corrupción sería que las leyes existentes se cumplieran y en su defecto se impusiera inexorablemente una sanción como consecuencia. Para eso no se necesitan normas, sino voluntad y, claro está, algo de certeza. La certeza de saber que el que la hace SÍ la paga

Nicolás Uribe Rueda

Abogado de la Universidad de los Andes, con estudios en Política Internacional en American University de Washington D.C., y Política Pública de la Escuela de Alto Gobierno de la Universidad de los Andes. Máster en Acción Política y Participación Ciudadana en el Estado de Derecho del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, la Universidad Rey Juan Carlos y la Universidad Francisco de Vitoria. Consejero Presidencial 2002-2004 y Representante a la Cámara por Bogotá entre los años 2006 y 2010. Consultor en Asuntos Públicos y de Gobierno a través de su firma Valure, fundada en 2011. Panelista de Blu Radio y columnista de El Espectador

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