8 Sep 2017 – 9:00 PM

competencia

Con frecuencia nos dicen que la vida ha cambiado para siempre por cuenta de la innovación tecnológica. Sin embargo, aunque reconocemos esta realidad, parecemos no tener conciencia de la profundidad de esta transformación y de su influencia en nuestra vida cotidiana. Con ello en mente, decidí tomar nota y hacer un listado, a la postre no tan breve, de los principales usos que le doy a la tecnología y sus aplicaciones en mis actividades cotidianas.

En materia laboral, la tecnología es un socio indispensable: chateo permanentemente por mi celular, me desplazo en Uber por la ruta que Waze sugiere, tengo toda la información de mi oficina en “la nube” y construyo colaborativamente documentos con mi equipo de trabajo. Organizo reuniones virtuales por Skype y utilizo sistemas de información para extraer elementos relevantes imposibles de ver a simple vista.

Cuando tengo tiempo libre, visito alguna red social o veo el gol más reciente de Falcao gracias a YouTube. Para viajar, comparo precios y aerolíneas con Travelocity y con aplicaciones como Hopper defino la fecha para hacer la transacción de compra cuando los precios son más bajos. También he decidido explorar las soluciones de acomodación ofrecidas por Airbnb, y uso las guías y los mapas virtuales en las ciudades que no conozco. En las noches, me encarreto con alguna serie en Netflix, oigo Spotify, leo en Kindle un libro nuevo o simplemente repaso las notas subrayadas con anterioridad. Recientemente descubrí también las virtudes de los audiolibros, y ando explorando algunos de los miles de títulos que están disponibles a tan sólo un clic de distancia.

A mis hijas las recoge una ruta que está georreferenciada y me avisa cuándo salir a dejarlas al paradero. Mi papá, que sufre alzhéimer, usa un reloj que permite ubicarlo y lo deja llamar sin complicarse espichando tan solo un botón. Uso constantemente aplicaciones de relajación y de salud. De hecho, pude bajar casi ocho kilos con una aplicación que mide las calorías y me mantiene al límite de lo que debo consumir. Y con las aplicaciones de deportes he vuelto a hacer ejercicio, pues me motiva ver las estadísticas semanales al igual que competir con otros con quienes puedo compararme.

No me queda duda pues de que vivo conectado, y que el acceso a las nuevas tecnologías me ha permitido ser más eficiente, más productivo, más cercano, más seguro y seguramente más feliz, como podría pasarle también a millones de colombianos si tuviéramos para todos en Colombia las mismas condiciones privilegiadas de acceso a esta maravillosa red de información y oportunidades.

Por eso, asusta ver a tanta gente empeñada en convertir en banco al crowdfunding, en empresa de taxis a las aplicaciones de transporte y en servicio de televisión abierta a Netflix con el discurso de equilibrar la cancha regulatoria. Es claro que se requiere normatividad en temas varios, pero también es indiscutible que sería nefasta una generalizada homologación de condiciones o una política agresiva de impuestos cuyo efecto obvio sería el freno digital. Y en ausencia de definiciones convenientes, mejor es no regular en sentido alguno, antes que cometer una grave impertinencia.

 

Nicolás Uribe Rueda

Abogado de la Universidad de los Andes, con estudios en Política Internacional en American University de Washington D.C., y Política Pública de la Escuela de Alto Gobierno de la Universidad de los Andes. Máster en Acción Política y Participación Ciudadana en el Estado de Derecho del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, la Universidad Rey Juan Carlos y la Universidad Francisco de Vitoria. Consejero Presidencial 2002-2004 y Representante a la Cámara por Bogotá entre los años 2006 y 2010. Consultor en Asuntos Públicos y de Gobierno a través de su firma Valure, fundada en 2011. Panelista de Blu Radio y columnista de El Espectador

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