El Espectador. Marzo 1 de 2014

Nicolás Uribe Rueda

 Por: Nicolás Uribe Rueda

Para la mayoría de los colombianos la vicepresidencia es una institución invisible, cuyas funciones son apenas conocidas por quién las ejerce y su influencia es marginal a la hora de las grandes definiciones de política pública. Ninguno de los cinco Vicepresidentes que han ejercido el cargo desde que éste volvió a la vida en 1991, ha logrado ser pieza clave del gobierno del que ha hecho parte. En el siglo XIX apenas algunos como Santander, Obando y Caro pasaron a la historia como referente relevante de concretas realizaciones en el ejercicio del cargo, mientras muchos otros llenaron páginas enteras de intentonas golpista, conspiraciones y deslealtades.

Ahora, que casi todos los candidatos presidenciales han presentado en sociedad a su fórmula a la vicepresidencia y que se habla de su eliminación, deberíamos al menos aprovechar el momento para reeditar el debate que se presentó en la Constituyente.

El debate busca encontrar la mejor fórmula política e institucional para enfrentar la posible falta absoluta del Presidente en ejercicio. En el marco de un régimen presidencial, la legitimidad democrática es fundamental, como también lo es la posibilidad de que quién sirva como “llanta de repuesto” haga parte del gobierno que tiene la potencialidad de dirigir. Elegir por la vía del voto popular y de manera simultánea con el presidente, a quién tenga la responsabilidad de reemplazarlo, parece por tanto una buena salida institucional, mucho mejor que aquellas fórmulas de elecciones indirectas.

El debate se centra entonces en los aspectos funcionales y políticos. Qué tareas ponerle al Vicepresidente mientras espera su turno para la acción, cómo hacerlo inofensivo para desestabilizar el gobierno del que hace parte y qué privilegios debe tener mientras ejerce sus funciones, son las preguntas claves del análisis. Lamentablemente no hay fórmulas mágicas, y aparentemente cualquier fórmula tiene la potencialidad de salir bastante mal. No hay sino que ver un poco lo que sucede en nuestro vecindario (Argentina y Panamá) para comprobar que los Vicepresidentes terminan siendo algo así como un mal necesario en la estructura institucional. Es un cargo sin papel en el engranaje institucional, mantenerlo ocupado cuesta cuantiosas sumas de dinero, sirve como punta de lanza de conspiraciones y tiene legitimidad popular para contradecir al propio Presidente.

Hasta ahora, los vicepresidentes han respetado el mandato popular del Presidente y prefirieron renunciar, marginarse o buscar funciones secundarias en el gobierno antes que buscar un abierto enfrentamiento. No hay quién haya abiertamente disputado el liderazgo del jefe de Estado y ninguno de ellos ha optado por convertir su cargo en trampolín para lanzar su candidatura. Esto puede cambiar sin que medie reforma constitucional, básicamente por cuenta del talante y ambiciones de quién ocupe el cargo. Ya veremos si las próximas elecciones nos dan la oportunidad de tener en Colombia un Vicepresidente que ejerza fuerte liderazgo en el gobierno, que haga equipo con el Presidente y que tenga más futuro que pasado en la política colombiana. Esa puede ser la más importante reforma a la vicepresidencia.

Nicolás Uribe Rueda

Abogado de la Universidad de los Andes, con estudios en Política Internacional en American University de Washington D.C., y Política Pública de la Escuela de Alto Gobierno de la Universidad de los Andes. Máster en Acción Política y Participación Ciudadana en el Estado de Derecho del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, la Universidad Rey Juan Carlos y la Universidad Francisco de Vitoria. Consejero Presidencial 2002-2004 y Representante a la Cámara por Bogotá entre los años 2006 y 2010. Consultor en Asuntos Públicos y de Gobierno a través de su firma Valure, fundada en 2011. Panelista de Blu Radio y columnista de El Espectador

Los comentarios están cerrados