Nicolás Uribe Rueda

Por: Nicolás Uribe

Resulta paradójico. Luego de elegir un nuevo Congreso, quisiera uno sentir que se renueva la esperanza en la política, se refrescan las ideas y se ventilan opciones para impulsar las grandes trasformaciones que requiere Colombia.

Sin embargo, parece que las elecciones del domingo generaron más incertidumbres que certezas y más frustraciones que esperanzas. Cuatro meses antes de su instalación y apenas un par de días después de su elección, para algunos nuevos senadores el Congreso es ilegítimo y para otros es apenas una instancia transitoria, cuya principal tarea debe ser la aprobación de la convocatoria de una asamblea nacional constituyente.
Las consecuencias de la jornada electoral aún no están del todo claras, empezando porque habiendo transcurrido una semana de las votaciones, el país no sabe con certeza el nombre de los elegidos. Como se ha vuelto ya costumbre, el sistema electoral y nuestros mecanismos de postulación y de escrutinio son tal vez el epítome de perversos incentivos que terminan por premiar a quien peor se comporta en la lucha democrática por el poder. Nuestra institucionalidad electoral se desvanece por cuenta de su vulnerabilidad técnica, no resiste presiones políticas, está parcialmente capturada por la corrupción y la improvisación e incumple impunemente la normatividad cuando omite por ejemplo su deber de operar con biometría y a través de sistemas electrónicos de votación, como ordenan las normas repetidamente desde hace ya casi una década.
Pero ello no es todo. A la insatisfacción generalizada sobre el proceso electoral y a una campaña cargada de picardías, trampas y trampitas, se suman unos resultados que en su conjunto no aclaran el rumbo que tomará Colombia. En caso de ser reelegido, el presidente Santos será víctima de unas mayorías precarias, que a duras penas lograrán aprobar normas ordinarias y tendrá que sumar apoyos coyunturales para sacar adelante leyes estatutarias y reformas constitucionales. Veremos también en el inmediato futuro si el hasta ahora segundo lugar del Centro Democrático en las parlamentarias puede impactar favorablemente las aspiraciones de Óscar Iván Zuluaga y si los elegidos por esta colectividad en lista cerrada tienen la estatura política para convertirse en jefes regionales de su campaña presidencial. Marta Lucía Ramírez parece crecer dentro de su partido y la resurrección conservadora del domingo contribuye a que incluso quienes se oponen a su candidatura estén considerando seriamente la posibilidad de apoyarla hasta la primera vuelta electoral. Y finalmente, Peñalosa tendrá otra oportunidad para demostrar si es capaz de mantener y gestionar el capital político que ganó el domingo, cuando cuadriplicó la votación de su partido, obteniendo más de dos millones de votos en la consulta interna.
Así las cosas, es poco lo que se aclaró desde el punto de vista político en las pasadas elecciones. La incertidumbre sobre el rumbo de Colombia se extenderá probablemente hasta la segunda vuelta presidencial y hasta entonces no sabremos qué pasará con los principales temas en la agenda pública ni cuáles serán las ideas que nos gobiernen por los próximos cuatro años. Eso sí, el domingo nos quedó muy claro aquello de lo que carecemos como democracia.

Nicolás Uribe Rueda

Abogado de la Universidad de los Andes, con estudios en Política Internacional en American University de Washington D.C., y Política Pública de la Escuela de Alto Gobierno de la Universidad de los Andes. Máster en Acción Política y Participación Ciudadana en el Estado de Derecho del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, la Universidad Rey Juan Carlos y la Universidad Francisco de Vitoria. Consejero Presidencial 2002-2004 y Representante a la Cámara por Bogotá entre los años 2006 y 2010. Consultor en Asuntos Públicos y de Gobierno a través de su firma Valure, fundada en 2011. Panelista de Blu Radio y columnista de El Espectador

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