Nicolás Uribe Rueda

Para quienes hemos transitado en el pasado por el mundo activo de la política, la época electoral es un momento de reflexión y de nostalgia.

Las campañas políticas son una oportunidad para adentrarse en el alma de un pueblo y conocer sus carencias, así como también sus más íntimos anhelos. Sólo haciendo proselitismo es posible encontrar una oportunidad para asistir en poco tiempo a cientos de reuniones a las que asisten miles de personas en ciudades o en alejados municipios. En ellas se atiende a ciudadanos del común que, tal como sucede entre paciente y médico, expresan sin tapujos las dolencias y preocupaciones de quienes aún creen que el político puede ser el galeno que brinde la solución a sus dolencias democráticas. En campaña se debate, se ponen a prueba las aptitudes para la argumentación, se estudia la realidad viviéndola, se convive con quienes padecen los problemas nacionales y se pulen las tesis de las potenciales soluciones. Pero, sobre todo, el contacto con las gentes empeñadas en contribuir a construir un país mejor le imprime al político la motivación que necesita para enfrentarse a un mundo hostil, como lo es el de la política, en donde hasta el pasado se considera no un patrimonio común, sino una fuente inagotable de agresiones.

Ahora bien, al dejar atrás la nostalgia de quienes añoramos las bondades de la participación en primera línea en los certámenes electorales, lo que conviene es reflexionar sobre el valor de la oportunidad que tenemos los colombianos para que cada cierto tiempo podamos concurrir en libertad a las urnas y participar en el cambio o refrendación del rumbo por el que transitamos como sociedad. No en todo nuestro continente se puede sufragar libremente por el candidato predilecto y ciertamente en pocos regímenes políticos de nuestra América es posible concurrir a las urnas con tantas y tan diversas opciones, propuestas e identidades políticas como en Colombia. Si bien es perfectamente comprensible la inconformidad de millones de ciudadanos con la política colombiana, ello no debería significar la renuncia cotidiana al privilegio de participar en democracia, sino más bien la obligación para redoblar el esfuerzo por hacer de esta una actividad vigorosa en donde la permanente vigilancia ciudadana verificara el mejor comportamiento de sus representantes.

Y es que además no podemos despreciar el valor de la coyuntura por la que atravesamos, que exige particular atención, dedicación y responsabilidad de la ciudadanía para vigilar la marcha de la política. El próximo Congreso y el próximo gobierno serán responsables de la reconfiguración de la estructura política, que exige reformas en su funcionamiento. Estarán en la agenda, entre otras cosas, la institucionalización de los acuerdos de paz, una reforma a la política, otra a la justicia, a la reelección y hasta la reconfiguración de los organismos de control. Ojalá con más ideas y menos insultos, muchos colombianos se decidan en estas elecciones a participar en la política, votando por el candidato de sus preferencias, buscando derrotar la abstención, que es cómplice fundamental de la elección de aquellos candidatos que corrompen la política. Ya veremos…

Nicolás Uribe Rueda

Abogado de la Universidad de los Andes, con estudios en Política Internacional en American University de Washington D.C., y Política Pública de la Escuela de Alto Gobierno de la Universidad de los Andes. Máster en Acción Política y Participación Ciudadana en el Estado de Derecho del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, la Universidad Rey Juan Carlos y la Universidad Francisco de Vitoria. Consejero Presidencial 2002-2004 y Representante a la Cámara por Bogotá entre los años 2006 y 2010. Consultor en Asuntos Públicos y de Gobierno a través de su firma Valure, fundada en 2011. Panelista de Blu Radio y columnista de El Espectador

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