NICOLÁS URIBE RUEDA 9 OCT 2015 

Nicolás Uribe Rueda

El 25 de octubre más de 32 millones de colombianos podremos acercarnos a las urnas y cambiar la suerte de nuestras ciudades.

Estaremos habilitados para promover ciertos modelos de desarrollo, priorizar contenidos en la agenda pública y seleccionar los equipos responsables del cuidado y la administración de los recursos públicos, aquellos que precisamente sirven para garantizar la efectiva prestación de los servicios y el pleno ejercicio de los derechos. En 15 días, el ciudadano de a pie, sin importar clase social, credo, si paga o no impuestos o si le interesa la marcha de la política, podrá decidir sobre su propia suerte y la de su entorno.

Sin embargo, muchos se abstienen de participar porque consideran que las elecciones sirven tan sólo para garantizar el empleo a quienes se candidatizan. Están convencidos de que da lo mismo votar por unos o por otros y que la calidad de vida nada tiene que ver con las decisiones que se toman desde los despachos oficiales. Para ellos, a veces más del 50% de la población habilitada para votar, todos los políticos son iguales, vale decir, igual de malos, y se comportan de la misma forma, privilegiando sus ambiciones personales sobre el bien común. Los abstencionistas simplemente prefieren no ser cómplices, idiotas útiles de las pretensiones de quienes no tienen como misión servir a los demás.

Otro grupo, también bastante significativo, comparte la visión relatada en el párrafo anterior. Sin embargo, en vez de abstenerse, decide participar cobrando por su voto o exigiendo prebendas para depositarlo. Desde su perspectiva, es necesario aprovecharse de alguna forma en época electoral de los políticos, porque luego, durante los cuatro años en el ejercicio del gobierno, el político se aprovechará sin compasión de todos. Entre este grupo de votantes están quienes cambian su voto por plata, por un puesto o por mercado. También están más de un millón y medio de colombianos cuyas cédulas fueron anuladas en estas últimas semanas tras haberse comprobado que se prestaron para alterar el censo electoral en circunscripciones diferentes a aquellas en donde viven o trabajan y así interferir ilegalmente en la definición de los candidatos ganadores.

En esta perversa espiral de la politiquería tienen tanta responsabilidad los ciudadanos como los políticos. Si la gente se tomara en serio las elecciones, evitaría que los bandidos que desacreditan la política ejercieran cargos públicos y destruyeran el poder y el valor de las herramientas de gobierno. Y si los políticos hicieran su trabajo defendiendo el interés común, lograrían devolver a los ciudadanos la idea de que a través de la participación en democracia es posible labrar un futuro diferente.

Lo único cierto, en todo caso, es que los políticos incompetentes y corruptos son siempre rondados por malas decisiones y éstas a su vez son la garantía del subdesarrollo. Transformar esta realidad de la política no es fácil y claramente no se logra sino con ocasión de la reflexión de millones de ciudadanos que decidan de manera individual y simultánea comportarse diferente y darle así una oportunidad a la política, volver a creer y permitir que políticos decentes y eficaces tengan la oportunidad de gobernar.

 

@NicolasUribe

 

Nicolás Uribe Rueda

Abogado de la Universidad de los Andes, con estudios en Política Internacional en American University de Washington D.C., y Política Pública de la Escuela de Alto Gobierno de la Universidad de los Andes. Máster en Acción Política y Participación Ciudadana en el Estado de Derecho del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, la Universidad Rey Juan Carlos y la Universidad Francisco de Vitoria. Consejero Presidencial 2002-2004 y Representante a la Cámara por Bogotá entre los años 2006 y 2010. Consultor en Asuntos Públicos y de Gobierno a través de su firma Valure, fundada en 2011. Panelista de Blu Radio y columnista de El Espectador

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