15 JUL 2016 – 9:14 PM

Nicolás Uribe Rueda

El debate político colombiano anda superándose en levedad a cada instante. Y así sucede porque nos hemos empeñado en sustituir la deliberación con el etiquetamiento de las ideas y la simplificación de la posición de las personas.

Así sucede en la mayoría de temas de relevancia nacional, empezando por supuesto con el tema de la paz, pero continuando con todos aquellos asuntos en donde se presenta una elemental discusión política. A la larga, las ideas están quedando atrás y cada controversia termina ignorando el fondo del problema y centrándose exclusivamente en la identidad y origen de las personas que participan del debate.

La verdad es que nos estamos llenando de fundamentalismos que están convirtiendo la política en una actividad sinónimo de la intransigencia, en donde el diálogo es escaso y las posibilidades de alcanzar acuerdos, tan necesarios para emprender reformas estructurales, parecen no tener espacio. Nos resulta difícil hablar y casi que imposible entendernos cuando tantas voces andan empeñadas en vengar viejos rencores.

Y como el debate ponderado se ha convertido en cuerpo extraño, el espacio libre ha venido ocupándolo una horda virtual de ciudadanos que, armada con teléfonos inteligentes, radicaliza el debate y vive en función de tergiversar, ofender y descalificar a todo aquel que no piense como ella, siempre buscando la indulgencia de sus jefes ideológicos. Esto ha contribuido a que se imponga la idea de que “se está conmigo o se está contra mí”, en donde no hay matices, ni posiciones intermedias, ni análisis de fondo entre las distintas tesis que expresan aquellos que hoy polarizan la opinión. La “nueva ética” del debate político colombiano parte de la base de que todo cuanto uno dice es acertado y aquello que afirma mi contrario es perverso, inconveniente y malicioso. No hay lugar para comprender razones, salvo que provengan de mis propias tropas. Aceptar cosa distinta conlleva a un juicio de infidelidad política y al abucheo de las furiosas barras de internautas.

Así las cosas, lo único que queda en el ambiente es la sensación de un bloqueo político para los asuntos importantes. Prueba de ello es que todos los sectores políticos reconocen, por ejemplo, la urgencia de tramitar una reforma a la justicia, sin embargo, son incapaces de sentarse a construirla. Y la razón es simple: cada cual interpreta un escenario de consenso como una derrota y ve en las propuestas del otro, no una oportunidad para Colombia, sino una escondida estrategia que más temprano que tarde será usada para liquidarlo políticamente. Una política sin soluciones es una política ineficaz, que refuerza la idea de desprestigio con la que hoy ya cuentan nuestras instituciones.

Para el ciudadano de a pie, para quien no tiene tiempo de andar analizando los pormenores del debate político, claramente el panorama es desesperanzador y triste. Mientras soporta la manera en que crecen sus problemas, percibe asombrado el espectáculo de los políticos y sus fervientes seguidores, a quienes ve empeñados en lograr hacer de cada solución un problema.

 

Nicolás Uribe Rueda

Abogado de la Universidad de los Andes, con estudios en Política Internacional en American University de Washington D.C., y Política Pública de la Escuela de Alto Gobierno de la Universidad de los Andes. Máster en Acción Política y Participación Ciudadana en el Estado de Derecho del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, la Universidad Rey Juan Carlos y la Universidad Francisco de Vitoria. Consejero Presidencial 2002-2004 y Representante a la Cámara por Bogotá entre los años 2006 y 2010. Consultor en Asuntos Públicos y de Gobierno a través de su firma Valure, fundada en 2011. Panelista de Blu Radio y columnista de El Espectador

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