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La rebelión de Atlas

Leí por primera vez La rebelión de Atlas, de Ayn Rand, hace casi diez años, y con frecuencia visito las anotaciones y subrayados que dejé en aquellas páginas maravillosas. Con cada nueva lectura se actualizan las reflexiones y, claro está, la inevitable comparación entre la situación colombiana y su estado de ánimo con la trama descrita en la novela, en donde el intervencionismo de Estado y la ética mayoritaria terminaron por asfixiar la iniciativa privada y colapsando el sistema social.

En esta oportunidad, coincidió mi lectura con la nueva publicación del informe “Doing Business” del Banco Mundial y el Informe Nacional de Competitividad. Más allá del análisis para Colombia, las recomendaciones de política y la comparación con los datos de años anteriores, creo valioso referirme al estado de ánimo o, mejor, de animadversión que existe hoy en el país contra todo lo que produzca, genere riqueza, cree empleo y sea fuente de oportunidades.

Es extraño, pero como sucedía en la novela de Rand, empieza a consolidarse la tesis de que la riqueza es un síntoma de inmoralidad que debe ser castigado por las autoridades y perseguido por la sociedad, mientras la necesidad se vuelve la fuente de todo derecho. Por eso se toleran las violaciones de la ley cuando los infractores se escudan en causas sociales y se persigue sin tregua a quienes crean empresa, estableciendo para ellos un régimen de requisitos y cargas incumplibles, altamente onerosos y con frecuencia incompatibles entre sí. La sobrerregulación estatal desestimula la inversión y crea conflictos irresolubles: se suben los costos a los empresarios y al mismo tiempo se les fustiga porque no venden barato, claro está, a la medida de las necesidades de la gente.

Ahora, a la estabilidad tributaria se le llama gabela, a la supresión de la doble tributación se le dice evasión y a los mecanismos de promoción de la inversión se les conoce como favorecimiento. Anda por ahí rondando la tonta creencia de que los negocios se hacen a toda costa, incluso si se pierde plata, y que es mejor cobrar el 70 % de renta sobre las utilidades de un negocio que no se hace, que el 20 % sobre una iniciativa que sí se concreta. Aquí medimos los programas de subsidio social por el número de colombianos que entran a ellos y no por los que salen, y así promovemos una competencia para ver quién es más miserable para merecer más asistencialismo oficial. En la guerra contra las actividades extractivas que se libra en Colombia se ha decidido expulsar a quien crea la riqueza y da empleo, y nada se hace frente a quien se roba la plata de las regalías de los colombianos.

La riqueza del individuo es un premio a su virtud, a su trabajo, a su creatividad y a su talento. Es ella la que se debe buscar y promover, pues sólo ella provee los medios para atender tantas necesidades que tiene Colombia. Sin embargo, como diría Rand, aquí parecen no entender que con la intención de ayudar al enfermo se está haciendo la vida imposible al sano, que tiene a su vez posibilidad de ayudar a curarlo.

@NicolasUribe

 

Nicolás Uribe Rueda

Abogado de la Universidad de los Andes, con estudios en Política Internacional en American University de Washington D.C., y Política Pública de la Escuela de Alto Gobierno de la Universidad de los Andes. Máster en Acción Política y Participación Ciudadana en el Estado de Derecho del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, la Universidad Rey Juan Carlos y la Universidad Francisco de Vitoria. Consejero Presidencial 2002-2004 y Representante a la Cámara por Bogotá entre los años 2006 y 2010. Consultor en Asuntos Públicos y de Gobierno a través de su firma Valure, fundada en 2011. Panelista de Blu Radio y columnista de El Espectador

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