10 Feb 2017 – 9:00 PM

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En enero, el presidente Santos instaló la Comisión Electoral Especial, contemplada en los acuerdos, y con sus informes se espera que en breve se presente una nueva reforma a la política, asunto fundamental en el marco de la negociación con las Farc y estructura medular para la buena marcha de nuestra democracia. Esta debe ser una oportunidad para introducir las modificaciones que requiere un sistema político que tiene incentivos perversos para el comportamiento de sus actores. Ojalá que esta comisión no se enrede en los temas orgánicos y no se quede en la presentación de cambios en las estructuras de las entidades que conforman la arquitectura electoral, sino que de fondo se dediquen a estudiar la mentalidad de los operadores políticos y electorales y con base en ello busquen creativas soluciones.

Por ejemplo, uno de los temas que debe incluir esta reforma es la reconfiguración total de las circunscripciones electorales para que tanto los senadores como los representantes sean elegidos por habitantes de territorios pequeños, donde puedan efectivamente construir una relación con sus electores. Sólo con ello se abaratan las campañas y se establecen vínculos reales de responsabilidad política entre los candidatos y sus electores, que revocarán al elegido en caso de que no sirva para nada. También se combate la trashumancia electoral, que, como se ha visto en ocasiones anteriores, es de tales dimensiones que hoy existen municipios cuyo censo electoral supera el 100 % de su población.

Respecto del voto, hay que tomarse en serio varias cosas. Una de ellas es la implementación universal del voto electrónico, que por ley ya está creado en Colombia y que se viene desconociendo de manera sistemática desde el año 2009. También creo que ha llegado la hora de poner en marcha el sufragio obligatorio, de modo tal que la compra de votos pierda peso específico, al incrementarse, casi al doble, el número de electores.

Es importante que la reforma aprenda del pasado y no caiga en la tontería de interpretar que a mayor número de partidos será mejor la democracia. Esa tesis nos llevó en los 90 a tener más de 60 partidos que operaban como microempresas electorales que no tenían identidad alguna. Lo que corresponde es fortalecer los partidos, acabar con las listas de voto preferente que los pervirtieron, idear instrumentos obligatorios para promover la democracia interna en las colectividades y tomarse en serio, por ejemplo, a través del no pago de honorarios, la votación disciplinada de conformidad de las decisiones de cada una de las bancadas. Ojalá la reforma política no olvide tratar el tema de los cupos indicativos o auxilios parlamentarios, fuente principal de corrupción y de desigualdad para acceder a cargos públicos.

Que

 de contera fortalezcan el Consejo Nacional Electoral, cambien las competencias del Consejo de Estado y depuren las tareas de la Registraduría me parece bien. Pero ojalá no se pierda el foco y se construya una verdadera reforma que cree incentivos adecuados para que la gente, tanto electores como elegidos, se comporten bien en su relación con la política. Hoy, como están las cosas, casi todo está estructurado para que precisamente suceda todo lo contrario.

@NicolasUribe

Nicolás Uribe Rueda

Abogado de la Universidad de los Andes, con estudios en Política Internacional en American University de Washington D.C., y Política Pública de la Escuela de Alto Gobierno de la Universidad de los Andes. Máster en Acción Política y Participación Ciudadana en el Estado de Derecho del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, la Universidad Rey Juan Carlos y la Universidad Francisco de Vitoria. Consejero Presidencial 2002-2004 y Representante a la Cámara por Bogotá entre los años 2006 y 2010. Consultor en Asuntos Públicos y de Gobierno a través de su firma Valure, fundada en 2011. Panelista de Blu Radio y columnista de El Espectador

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