Nicolás Uribe Rueda

No sé si soy ingenuo al pensar que el nivel de agresividad y de violencia en esta campaña ha puesto en peligro la salud de las instituciones.

A mi juicio, sólo algunos han dado ejemplo de cordura. Políticos, opinadores, medios e incluso instituciones oficiales han intervenido en el debate, unos de manera ilegal otros groseramente, muchos, en todo caso, excediendo los límites de lo que es aceptable en el marco del derecho de opinar y pasando veladamente a la calumnia y a la descalificación grosera de quienes aspiran al solio de Bolívar. Lo anterior ha convertido esta elección no en una fiesta de la democracia sino en una aparente competición de criminales, en donde solo al final se lograron comparar las tesis de los diferentes candidatos y hacer visibles a quienes no intercambiaron golpes bajos. Ponerse a pensar tan sólo en el ejemplo que se ha dado a quienes se iniciarán mañana en las costumbres democráticas, implica un triste augurio.

Sin embargo, los “zorros viejos” de la política, aquellos curtidos en innumerables elecciones, me dicen convencidos que la calentura es simplemente electoral y que luego de la definición presidencial las aguas volverán a su cauce, tal cual ha sucedido cada cuatro años desde que tenemos elecciones. Añaden, porque han vivido la historia, que los antiguos enemigos se reencontrarán, se reconfigurará el mapa de la política, y volverán los consensos necesarios.

Pero mi preocupación subsiste porque no solamente veo un desgaste de la política y de sus actores, sino también de las instituciones; particularmente de algunas que resultan fundamentales para garantizar el ejercicio de los derechos y evitar la natural propensión del poder a extralimitarse. Me preocupa por ejemplo el papel que ha jugado la justicia, que no sólo ha sido la protagonista inusual de la campaña, sino que ha contribuido a ensuciar la contienda con filtraciones ilegales cargadas de intencionalidad política. Los medios, cuyo papel es el de cubrir los acontecimientos, se convirtieron por momentos en actores principales al volverse ellos mismos la noticia, y el sistema electoral, que aún no termina de escrutar la votación de marzo, claramente no sobreviviría a la presión de una contienda en donde empaten en votación algunos candidatos.

Así las cosas, el próximo presidente o presidenta de Colombia, no sólo deberá lidiar con los enormes y a veces insuperables problemas nacionales, sino que tendrá también que trabajar con empeño para recuperar la legitimidad de la justicia y la credibilidad del ciudadano del común en las instituciones. Para hacerlo, va a necesitar no sólo de un mandato claro y contundente, sino también del concurso responsable de quienes salgan derrotados, que deben entender que tendrán que hacer esfuerzos para enderezar las desviaciones ocurridas en campaña.

Por eso hay que salir a votar a conciencia y empezar a recapacitar sobre el futuro de nuestra democracia. Basta recordar que la política decente produce efectos positivos y la política de alcantarilla también tiene consecuencias.

Nicolás Uribe Rueda

Abogado de la Universidad de los Andes, con estudios en Política Internacional en American University de Washington D.C., y Política Pública de la Escuela de Alto Gobierno de la Universidad de los Andes. Máster en Acción Política y Participación Ciudadana en el Estado de Derecho del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, la Universidad Rey Juan Carlos y la Universidad Francisco de Vitoria. Consejero Presidencial 2002-2004 y Representante a la Cámara por Bogotá entre los años 2006 y 2010. Consultor en Asuntos Públicos y de Gobierno a través de su firma Valure, fundada en 2011. Panelista de Blu Radio y columnista de El Espectador

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