Por: Nicolás Uribe Rueda

Ajustamos varios lustros quejándonos de la polarización y de la incompetencia de nuestros líderes para acordar las reformas que necesita Colombia; reformas que, vale la pena recordar, no son escasas ni de poca monta, como las que reclaman a gritos el sistema electoral, la justicia, las pensiones y el régimen tributario, por sólo mencionar unos ejemplos. También nos lamentamos de las divisiones insuperables entre líderes políticos y de sus discursos incendiarios, de sus peleas intestinas, de sus insultos, de las puñaladas traperas y de los rufianes de equina. Son ya, por lo menos, seis años agarrados de las mechas por cuenta de las bondades y defectos del proceso de paz. ¡Ha sido más que suficiente!

Ahora, sin embargo, la situación empieza a cambiar, y la candidatura de Duque parece estar logrando lo que tantos reclamaban; se construye un ambiente propicio para superar los odios, restablecer el diálogo político y tramitar institucionalmente las divergencias que enturbian tanto el ambiente político. ¿Qué mejor para Colombia que se conformara pronto una coalición de gobierno que permitiera las reformas aplazadas? ¿Acaso esta no es una oportunidad para que cese la utilización política de la justicia y sus operadores vuelvan a sus fueros? ¿Podríamos unir al país en torno al proceso con las Farc, introduciendo modificaciones, esta vez sí, de alcance nacional, en donde nadie quede fuera? ¿No queremos como sociedad acuerdos en materia de desarrollo sostenible?

Claro, algunos radicales de ambos bandos verán en esta nueva realidad una traición y una incoherencia de dimensiones descomunales. Extremistas querrán vengarse de las ofensas recibidas o impedir la construcción de una nueva forma de gobernar en donde el país esté en el centro del debate y sea necesario proponer, ceder y acordar sin enlodar al oponente. Lamentablemente nos quieren condenar a vivir insultándonos, etiquetados en categorías políticas del pasado como el Sí y el No, el santismo o el uribismo, los enemigos de la paz y los amigos de la guerra, la política del amor o la del odio. Simplificaciones tontarronas que lamentablemente se han impuesto sin matices entre los colombianos durante ya bastantes años. Prefieren anclarnos al pasado para seguir alimentando odios.

Superficial resulta, por tanto, describir las adhesiones a Duque como una dimensión repotenciada del clientelismo electorero. Pero además es mentiroso, en tanto Duque, esa es la verdad, ya tiene los votos de los adherentes, quienes solamente se acomodan a lo que ya decidieron sus propios electores. Quedan ya pocas dudas de que Iván Duque será presidente de Colombia. Y tendrá que mantener con firmeza su decisión de no sostener una coalición de gobierno sobre la base de los puestos y el ordeño corrupto al presupuesto. Esta será la clave de un buen gobierno, la base política de una nueva generación que tiene que acertar y, para empezar, debe contribuir a enterrar las rencillas del pasado.

Hay que celebrar por tanto la disposición de ánimo de Duque, los expresidentes y tantos otros actores políticos relevantes, para dejar atrás un capítulo doloroso en la historia del país y así empezar a escribir otro en beneficio de todos los colombianos.

@NicolasUribe

 

Nicolás Uribe Rueda

Abogado de la Universidad de los Andes, con estudios en Política Internacional en American University de Washington D.C., y Política Pública de la Escuela de Alto Gobierno de la Universidad de los Andes. Máster en Acción Política y Participación Ciudadana en el Estado de Derecho del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, la Universidad Rey Juan Carlos y la Universidad Francisco de Vitoria. Consejero Presidencial 2002-2004 y Representante a la Cámara por Bogotá entre los años 2006 y 2010. Consultor en Asuntos Públicos y de Gobierno a través de su firma Valure, fundada en 2011. Panelista de Blu Radio y columnista de El Espectador

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