30 ENE 2015 – 11:00 PM
Nicolás Uribe Rueda

Doce años son bastantes para mostrar las bondades de un modelo de gobierno.Una década y algo más de administraciones que tienen una misma línea política es suficiente para construir grandes obras de infraestructura, consolidar la cultura ciudadana y lograr transformaciones sustanciales en las políticas de salud, seguridad, educación y ambiente de cualquier ciudad. En 12 años bien aprovechados se pueden impulsar transformaciones irreversibles que permitan a los ciudadanos acordar su futuro y eludir la tragedia de volver a empezar a diseñar el porvenir como si nada se hubiese hecho en el pasado. En 12 años en los que gobierna el mismo equipo se pueden corregir los errores y aprender de las equivocaciones del pasado y también se logra mejorar la percepción que la ciudadanía tiene del Estado y demostrar que la política es la vía para resolver los problemas cotidianos de los individuos.

En 12 años no hay espejo retrovisor que valga para culpar a terceros de los fracasos ni tampoco quién pueda negar que los logros son la consecuencia del ejercicio acertado del poder.Sin embargo, entre los tres gobiernos del equipo que conforma el “Polo Verde Progresista Alternativo” o cualquiera de sus denominaciones, nada le dejaron a la ciudad más que problemas. Hoy la capital de Colombia está peor que cuando por primera vez la recibieron en el año 2004. Así su alcalde crea que es el sexto mejor del mundo, lo cierto es que la calidad de vida de los bogotanos se ha deteriorado de manera sustancial con las últimas tres administraciones. La inexperiencia, la vagancia, la falta de concentración en las tareas de gobierno y la particular relación que construyeron con la corrupción hicieron de estos años el escenario perfecto para que Bogotá retrasara su progreso en casi todas las materias. Ante la improvisación de los últimos gobernantes y sus recurrentes equivocaciones, los problemas se multiplicaron y el 70% de los bogotanos creen que la ciudad va por mal camino.Por eso, en un escenario electoral en donde no existe la segunda vuelta, los candidatos empiezan a tener el imperativo moral de unirse en caso de que se perfile un nuevo triunfo del equipo gobernante. La ciudad no está para votar a quien quiera ser precandidato presidencial ni a quien pretende cursar en ella el prekínder de la administración pública. Bogotá necesita algo mejor a alguien que quiera convertir el Palacio Liévano en una sede de campaña en favor o en contra del Gobierno, de los militares, del sistema, del capitalismo, o del proceso de paz.

Bogotá necesita un alcalde que gerencie la ciudad y que resuelva sus problemas, empezando por aquellos que crearon las tres últimas administraciones.Por eso la coalición que debe existir para ganar la Alcaldía de la ciudad sobrepasa la filiación política de los candidatos y no debe ser la de todos contra la izquierda o el Centro Democrático. La coalición que requiere Bogotá es la de todos contra el mal gobierno, aquel que representan quienes han participado de los doce últimos años de desastre en el Distrito.

Bogotá no puede premiar de nuevo a quienes ya le han causado tanto daño.

Nicolás Uribe Rueda

Abogado de la Universidad de los Andes, con estudios en Política Internacional en American University de Washington D.C., y Política Pública de la Escuela de Alto Gobierno de la Universidad de los Andes. Máster en Acción Política y Participación Ciudadana en el Estado de Derecho del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, la Universidad Rey Juan Carlos y la Universidad Francisco de Vitoria. Consejero Presidencial 2002-2004 y Representante a la Cámara por Bogotá entre los años 2006 y 2010. Consultor en Asuntos Públicos y de Gobierno a través de su firma Valure, fundada en 2011. Panelista de Blu Radio y columnista de El Espectador

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