7 Abr 2018 – 4:15 AM

Por: Nicolás Uribe Rueda

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Puede que esté actuando en contra del viejo adagio popular según el cual por más que uno madrugue no amanece más temprano. Pero es que, en medio de tantas necesidades, es imposible a veces no pensar con el deseo y pretender que esta campaña sirva para que Colombia elija al mejor presidente, aquel que no sólo recupere la credibilidad en las instituciones, sino que sea capaz también de superar las dificultades que suponen un período largo de tiempo en el cual no hubo diálogo político.

 

Como es natural, es difícil imaginar a estas alturas el desenlace de la elección presidencial, pero resulta fácil, eso sí, entusiasmarse con la idea de que el próximo jefe de Estado tenga la capacidad de concertar con las diferentes fuerzas políticas y pueda sacar así adelante las reformas que necesita Colombia. Y es que no la tendrá fácil, porque con el perfil del Congreso elegido en marzo, que a mi manera de ver tiene una ligera inclinación hacia la centroderecha, pero al mismo tiempo cuenta con la representación más numerosa de la izquierda en muchos años, es claro que no habrá pupitrazos ni mayorías abrumadoras para aprobar reformas tributarias y/o constitucionales.

 

Así las cosas, el presidente electo requerirá un pacto nacional, donde invite a todas las fuerzas políticas a participar en el logro de los consensos necesarios para tramitar y aprobar sin frustraciones una serie de reformas, entre ellas la de la justicia, que garanticen que los colombianos tengamos una solución sin contratiempos a la desgastante serie de ineficiencias, abusos y arbitrariedades que hoy ocurren en tantos ámbitos de la vida nacional. Ese pacto nacional deberá mantenerse con lealtad y ejecutarse con eficacia. De lo contrario, vale la pena de una vez advertirlo, será poco probable que el próximo gobierno logre recomponer el enervamiento que existe entre tantos colombianos en temas como, por ejemplo, el de la paz, que, nos guste o no, hace parte del patrimonio común de todos los ciudadanos.

 

La viabilidad de un acuerdo de esta naturaleza sólo es posible si la legitimidad política del nuevo presidente se construye durante la campaña y se mantiene con las primeras señales del gobierno, con los nombramientos y con los términos y parámetros en los cuales se establezcan los límites y posibilidades de la interlocución política entre los poderes públicos y las fuerzas políticas de gobierno y oposición. Nadie acordará nada, ni estará dispuesto a pactar con su contradictor, ni siquiera de manera transitoria y específica, si se percibe que quien convoca está rodeado de corrupción, de mentiras, de abusos o de malas intenciones.

 

Pero también, los aprendizajes de esta campaña electoral y de ocho años de una dolorosa confrontación política, deberían servir de aliciente para que los líderes de todas las tendencias empezaran a acordar un marco general de comportamiento en donde al gobierno y a la oposición se les permiten unas cosas, pero les están vedadas otras tantas. Así se construiría un entorno en donde aflorarían las diferencias ideológicas, se podría hablar en tono sereno, sin insultos, y se disiparía el debate de tanta porquería que rodea a la política.

 

Si en una campaña política no se permite soñar sin estar dormido es porque estamos en problemas.

Nicolás Uribe Rueda

Abogado de la Universidad de los Andes, con estudios en Política Internacional en American University de Washington D.C., y Política Pública de la Escuela de Alto Gobierno de la Universidad de los Andes. Máster en Acción Política y Participación Ciudadana en el Estado de Derecho del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, la Universidad Rey Juan Carlos y la Universidad Francisco de Vitoria. Consejero Presidencial 2002-2004 y Representante a la Cámara por Bogotá entre los años 2006 y 2010. Consultor en Asuntos Públicos y de Gobierno a través de su firma Valure, fundada en 2011. Panelista de Blu Radio y columnista de El Espectador

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